miércoles, 27 de mayo de 2015

Olvidado Rey Gudú. La saga fantástica de Ana María Matute.

Olvidado Rey Gudú es una de las grandes obras que nos ha dejado nuestra admirada Ana Mª Matute. Una novela intensa que no deja a nadie indiferente. O la tomas o la dejas. Si no te engancha su historia en un primer momento, probablemente desistas (quizá no sea el momento). Si te atrapa, devorarás con avidez sus páginas, presurosa de descubrir todos los detalles y entresijos de una historia, capaz de mantenerte expectante hasta sus últimas líneas.

Aunque por sus características se trata como mencionaba anteriormente de una novela, personalmente me gusta referirme a ella como a un cuento. Uno grande, con mayúsculas. Es un regalo para los que nos gusta servirnos de la fantasía no ya como un último vestigio de nuestra infancia o juventud, sino como otra dimensión de ver o interpretar la vida. Me gusta pensar que los cuentos son como la vida en verso, una forma amable de representarla.

Matute me ha llevado de viaje por las tierras que forman y conquista el Reino de Olar. Nuestra autora, sirviéndose de sus personajes (me descubro ante tamaño despliegue de imaginación) nos invita a observar un análisis personal sobre el comportamiento humano. La insignificancia del hombre a veces y la grandeza de sus actitudes, otras. La pequeñez del egoísmo, la mezquindad de la manipulación, la tiranía del poder o el control. Más que riqueza, control. Sobre la vida y la muerte.

En su árbol genealógico encuentro bárbaros y feroces guerreros como Sikrosio y Volodioso. Ancio, Bancio, Cancio, Dancio, Encio, Funcio seis toscos hermanos cuya envidia y mezquindad provocan su propia aniquilación. Almíbar no podía ser más que dulzura y bondad, aunque en mi opinión, aderezado con un punto de impersonalidad. Reconozco al hijo que cualquier padre deseara, en Predilecto. Con Ardid descubrí la inteligencia, la astucia, la sagacidad. Aunque el ejercicio del control absoluto, tanto del presente como del futuro, de lo físico y lo moral, cuestionará la eficacia de sus artimañas. Tontina me devolvió a la infancia. Alrededor del árbol de los juegos, de la mano de viejos conocidos, retomé el gusto por la fantasía, la incoherencia, la inconsciencia. Con la Ondina me resulta familiar la coincidencia de erotismo y sensualidad con la idiotez más absoluta. Gudulina, la reina Urdska… espero no dejar a ninguno en el tintero.

Por último nuestro protagonista, el Rey Gudú. Alguien diseñado para el triunfo. Valeroso, audaz, indestructible, predestinado a pertenecer a ese selecto grupo a los que sus hazañas los conducen a la inmortalidad. Su madre urdió hasta el último detalle para que su hijo fuera grande entre los grandes. Incapacitándolo para el amor lo concibió invencible protegiéndolo así del sufrimiento. Sin embargo no todo es controlable. El destino posiblemente tenga la última palabra.

Una saga familiar que disfrutar y que puedes encontrar en nuestra Biblioteca

Mª Carmen Díaz Pérez. Biblioteca de Industriales y Politécnica.

miércoles, 20 de mayo de 2015

El mundo de los demás. Las ciudades vistas por José Antonio Bablé.

José Antonio Bablé ha ejercido la crítica teatral y literaria para distintos medios especializados. Es coautor de “Andalusia”, antología poética de autores contemporáneos andaluces, para la revista italiana “Bollettario”, dirigida por Edoardo Sanguineti, que fue un eterno candidato al Premio Nobel. Al castellano ha traducido a Montale, Ungaretti, Pavese, Sinisgalli, Frabotta… Su primer libro de poemas, “Una cierta mirada”, data de 1998 y fue publicado en la colección de bolsillo de la Excma. Diputación Provincial de Cádiz. A su segundo libro, “Presente anterior”, 2006, le fue concedido el Premio Villa de Cox, siendo publicado por la editorial valenciana Pre-Textos al año siguiente. 

Durante la hermosa y breve aventura del periódico “El independiente” de Cádiz, aparecieron en él publicados unos relatos cortos sobre ciudades. En ellos, los fines de semana, José Antonio Bablé hacía girar en torno a una urbe determinada sus monumentos y panoramas, convocando a los escritores vinculados con sus calles y desplegando estados de ánimo y gastronomía. Los relatos se acompañaban de una ilustración. 

Estos textos publicados y alguno más fueron reunidos más adelante con sus ilustraciones en 2014 por la editorial “Libros Canto y cuento” con el título El mundo de los demás

Son unos relatos para detenerse y demorarse en situar una estatua de bronce o un palacio, conocer los ingredientes de un plato difícil de pronunciar y finalmente buscar la biografía y los versos de un escritor; y las telas de un pintor.

Deambulamos en este libro por calles vacías, como visitantes en un desafortunado día festivo en compañía aburridas o pedantes. En otras ocasiones en nuestro recorrido surge y nos conforta un hecho histórico, reconocemos un estilo arquitectónico o unas voces de poetas. O bien buscamos otro modo de redención en las bebidas y delicias exóticas. Hay relatos en los esperamos que alguien pronuncie las palabras justas o a alguien que sencillamente no acudirá. Pero también los hay en los que nos divertimos con suegras, funcionarias, contrabandistas, pícaros jubilados o jóvenes ilusos.

Las ilustraciones fueron realizadas en su mayoría con una tableta y su lápiz electrónico. Se agilizó todo el proceso contando con el trabajo por capas, la facilidad de las rectificaciones y la coloración. El principal inconveniente es la relativa imprecisión de los trazos.  

Un hermoso paseo que comienza en nuestra Biblioteca.

Patricio Carretié Warleta. Biblioteca General.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Las Noches áticas de José Antonio Padilla (1975-2009). (Cuando se cumplen diez años de la publicación de Colección de olas)

Noches áticas es el primer libro de poemas publicado por José Antonio Padilla (Álora, 1975-2009), autor también de Colección de olas (Málaga, Puerta del Mar, 2004), un conjunto de aforismos (o greguerías o mínimos poemas, que todo ello puede decirse) deudores tanto de las vanguardias españolas (desde el ya clásico Gómez de la Serna al malagueño Rafael Pérez Estrada), como del gusto por la sentencia de la Andalucía más honda: “Vivimos en el extrarradio de nosotros mismos”. 

Aquella breve colección (cuyo autor prefiere llamar aforismos antes que poemas) adelantaba algunas de las características que singularizan estas Noches áticas. Y la primera de ellas se encuentra en el mismo título: el gusto por la ambigüedad y el concepto. Porque estas noches áticas, que remiten al mundo clásico y al afán recopilador del erudito romano A. Gelio, aluden también (tal y como apunta Justo Navarro en el prólogo que abre el volumen) a una historia de amor vivida en el ático de un moderno edificio. Clasicismo y modernidad encerrados en tan solo dos palabras. 

Contención, brevedad o sugerencia pueden definir con cierta exactitud el contenido de este leve (por lo alado) poemario. Porque tal y como José Antonio Padilla afirma en la poética que acompaña a los textos incluidos en Frontera sur (una amplia y modélica antología de poesía joven malagueña, compilada por Francisco Ruiz Noguera): “Lo dicho importa tanto como lo no dicho”. Una reflexión que se apoya, inequívocamente, en la poética de Paul Celan (quien da título a uno de los poemas del libro “Tango de muerte: P. Celan”), pero también en la de sus defensores en lengua española: Jorge Guillén, José Ángel Valente, Jaime Siles..., e incluso en los más cercanos: María V. Atencia, Justo Navarro o Salvador López Becerra.

Esta poética del silencio (o minimalismo), que trata de extraer del lenguaje sus más hondas significaciones, no renuncia por ello a unos recursos estilísticos que a lo largo de la historia de la literatura han demostrado su eficacia para traducir la esencialidad poética. Así, se encadenan las sinestesias (“En el sordo crepúsculo”, “El chillido del calor”, “Suave claridad”), las paradojas, a veces resueltas en forma de antítesis (“Nada me destruyó tanto como mi fuerza” “La transparencia de la historia está grabada en piedra”, “Trae el día una luz acelerada, casi sombras”), las anáforas y paralelismos (“Bailarás sobre..., Bailarás sobre..., Bailarás sobre...”) Incluso se utilizan metros clásicos (heptasílabos de rima asonantada en el poema dedicado a Celan) o se ensaya un tipo de poema próximo a la rima becqueriana (tres estrofas construidas en paralelo concluyen en una última que da sentido al texto) en “No hay otra forma de vivir”.

No faltan tampoco los homenajes explícitos a toda una serie de autores cuyo denominador común es el exilio y la hondura poética (Brodsky, Celan, Larkin, Costafreda), pero también las alusiones veladas a uno de los grandes poetas españoles, San Juan de la Cruz, punto de referencia de la poética del silencio por su defensa de la insuficiencia de la palabra para expresar la inefabilidad. En el poema en prosa “Claridad” (una de las formas poéticas más arriesgadas y mejor resueltas del libro) se oyen ecos de la Noche oscura del alma. La luz divina que guía a la amada a través de las tinieblas de la noche se ha encarnado en un cuerpo desnudo: “Fue tu cuerpo desnudo la más hermosa claridad de la noche”. Y en “Ausencia” el éxtasis místico, que en San Juan de la Cruz se expresaba a través de exclamaciones (Oh noche...), se ha transformado ahora en qué (“Qué lugares. / Qué Atántidas desnudas. / Qué provincias...”), aunque paradójicamente (una de las figuras preferidas por el autor) el éxtasis esté provocado no por la unión con la amada sino por su ausencia (“También tu ausencia es un afrodisíaco”).

En definitiva, un poemario que ha sabido unir con sabiduría poética la hondura del minimalismo con recursos y estrofas tomados de la tradición clásica. Un viaje hacia la esencialidad que puede seguirse cotejando aquellos textos publicados en Frontera sur (entonces inéditos) y que, vueltos a publicar ahora, han perdido casi la mitad de sus versos. 


Antonio Aguilar 
(Reseña escrita en julio de 2007, pero que, por diversas circunstancias, no ha sido publicada hasta ahora)

José Antonio Padilla está en nuestra Biblioteca y entre su obra encontrarás Noches áticas. Búscalo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

"Los ídolos" de Manuel Mújica Laínez (Manucho): Leído en otros blogs

Del blog de nuestro colaborador Siroco elegimos esta vez una novela de Mújica Laínez sobre amistad y poesía. Un autor y una novela que no faltan en nuestra Biblioteca y que puedes encontrar, también, en la biblioteca pública más cercana a tu casa.

Perteneciente a la eclosión latinoamericana que nos brindó la literatura latinoamericana de los años ochenta, Mújica Laínez, argentino nacido en 1910, es la prosa exquisita del castellano macerado con una educación privilegiada.


Criado entre bambalinas por su madre y sus tías, es la influencia permanente y decisiva de la primera, de su madre, de la que guarda un primer recuerdo visual  con el dorado brillo de sus enormes sortijas, la que determina esa notable sensibilidad para captar y evocar los ambientes y el poder de los objetos.

Tras su paso en la adolescencia de cuatro años por París que resultaron decisivos para el conocimiento de la literatura francesa del XIX y una breve estancia en Londres, vuelve a Buenos Aires, donde ejerce un importante papel social como periodista y escritor.

“Los ídolos” escrito en 1952 es la primera novela de una tetralogía que seguirá con “La casa”, “Los viajeros” e “Invitados al paraíso”. Pero es, sin duda, con “Bomarzo” en 1962 cuando alcanza su máxima fama.

Dotado de una rica trayectoria fabuladora, en “Los Idolos”, Mújica Lainez dibuja en tres partes, con una primera redonda y magnífica denominada “Lucio SanSilvestre” y otras dos añadidas como para completar un volumen con contenido suficiente para ser editable.

La novela se centra en la vida de dos amigos: el protagonista y Gustavo que desde muy jóvenes entablan una amistad más allá de lo normal alrededor de una antología poética llamada “Los Idolos” que causa un impacto inusitado sobre ambos. Su autor, Lucio SanSilvestre nunca publicó nada más a partir de este libro. “Los Idolos” es un regalo de la tia de Gustavo, Duma, una dama con enorme glamour que arrastra la leyenda de suicidios de hombres desengañados por ella.
La novela está estructurada en tres momentos:

1) La adolescencia de los protagonistas, 

2) el reencuentro de estos dos amigos  en Londres pasados quince años donde uno, Gustavo, perteneciente a una familia aristocrática en decadencia sigue obsesionado con “Los Idolos” y con el deseado encuentro con Lucio Sansilvestre que se halla allí y el protagonista de la novela, médico que se ve inmerso en los recuerdos que le vuelven a atar a su amigo

 3) y por último pocos años después de la muerte en extrañas circunstancias de Gustavo, 

Los tres momentos se entrelazan a la búsqueda de una verdad que nos sorprenderá.

La novela es una continua indagación sobre la creación literaria y la decadencia de una clase aristocrática que pierde continua y lentamente su forma de vida y sus posesiones materiales.

Pero la novela es también una profunda investigación sobre la falsedad y el fraude, sobre el arrepentimiento y porque no decirlo, sobre la fuerza de los objetos que en Mújica Lainez alcanza una supremacía sobre las personas, son las personas las que giran alrededor de las cosas, son las cosas inútiles las que determinan el ambiente enrarecido y falso de las personas.

Como dice Mújica en un texto de la novela:

“Quisiera que estas memorias no vieran nunca la luz.  “Los Idolos” proseguirán su marcha majestuosa. Las generaciones se acercarán a su ramaje denso de pájaros que a cada una le concederá su fruto y su flor. Pero mi amigo ya no es más, y mi adolescencia, desgarrada de mi, fluye debajo del agua, lejos del suelo donde vivo, entre las márgenes tranquilas del Avon, enriqueciendo su caudal, porque, como dijo Lucio Sansilvestre, no podemos saber con exactitud cual es el río, donde comienza, y nosotros somos el río también”.

Amante de las neblinas que envuelven, desde las sombras misteriosas de lo esotérico, a las cosas. Esta novela escrita en primera persona, nos relata con la prosa certera y cultísima de este novelista argentino, la falsedad y el fraude así como la perfecta proyección del enigma literario en el enigma humano, al fin y a la postre el que quiso siempre desentrañar este extraordinario novelista.

miércoles, 29 de abril de 2015

La cruz de la pasión, de José Antonio Sopesén y Ana Rosa Díaz

Lo primero que pensé cuando comencé a leer esta novela —escrita por mis dos buenos amigos José y Ana—, fue que se trataba de un disparate y ambos estaban locos. Pero se trataba de una locura tan divertida, que una vez que inicié la lectura no fui capaz de abandonarla hasta que la terminé. ¡Hacía años que no me sucedía algo así! Ahora quiero compartir con otros lectores mi experiencia, con la certeza de que ellos se lo van a pasar tan bien como yo.

La anécdota es la siguiente: En un viejo y ruinoso caserón sevillano que ha sido puesto a la venta, una cruz que aparentemente no tiene ningún valor es robada. A partir de ahí, las situaciones y personajes más surrealistas se van encadenando en crescendo, hasta desembocar en un final vertiginoso, que posee un ritmo cinematográfico. 

La sobreabundancia de escenas sexuales de todo tipo y condición es de tal desmesura e incluso gratuidad que consigue crear una sensación de irrealidad e irreverencia, muy alejadas del tono solemne y aburrido de lo políticamente correcto que desde hace ya tantos años venimos sufriendo en la vida pública en general. Y sin embargo, en el paseo que se hace por la historia de España, este juguete intrascendente y cómico que se nos presenta a los lectores se vuelve amargo y hasta esperpéntico. ¿Cómo obviar la crítica social a una burguesía, a un país endogámico, inculto y atormentado por el peso de una Iglesia que todo lo controla, incluso —o sobre todo— el espacio más privado del individuo, su sexualidad? Lo cierto es que los dos tonos se armonizan, de la misma manera que los dos escritores encuentran una sola voz en la que, mágicamente, se fusionan sus dos voces, sus dos personalidades.

Otra de las cuestiones que me planteé era si se trataba de una de esas novelas que tienen su punto de partida en una historia real. Es decir, ¿había existido Carmencilla?, ¿hubo alguna vez un Bartolomé y un Federico?, ¿vivían en alguna de las viejas mansiones sevillanas, bajo otro nombre, Casto y Eva? Aprovechándome de la posición de privilegio que supuestamente me otorgaba mi relación de amistad con los autores, les pregunté sobre el particular directamente. ¿Su respuesta?: “La realidad siempre supera la ficción”. Completamente insatisfecho, insistí en el particular, pero ellos zanjaron el tema con un evasivo: “Eso, que lo decidan los lectores”. Ante semejante descaro, sólo me queda recomendarles a ustedes la lectura de la novela, a ver si alguien sabe darme una respuesta.

La cruz de la pasión la encuentras, como siempre, en nuestra Biblioteca.

Juan Antonio Cabezalí Fontenla. Profesor en Escuelas Francesas de Sevilla

lunes, 27 de abril de 2015

I don´t like Mondays. El guardián entre el centeno.

Esta canción de Bob Geldof, inspirada en el tiroteo a un colegio de San Diego en 1979 por una adolescente, y el suceso similar ocurrido en Barcelona, el lunes 20 de abril, me han hecho recordar el gorro de caza de Holden Caulfield. J.D. Salinger, el más enigmático de los escritores del siglo XX, publicó en 1951 la novela El Guardián entre el Centeno (The Catcher in the Rye), en la que su protagonista, el adolescente Holden, que también aparece en otras obras del autor, cuenta en primera persona sus andanzas por Nueva York tras haber sido expulsado del último de sus colegios.

Cuando preguntaron a Brenda Ann Spencer, la chica de la canción escrita por Geldof, por qué había disparado, encogiéndose de hombros respondió que no le gustaban los lunes. ¿Tampoco le gustan los lunes al muchacho que irrumpió en el instituto barcelonés? Quizás ambos tuviesen en común un gorro de caza, aunque no fuera rojo como el de Holden, o puede que un guante de béisbol con poemas escritos en tinta verde.

El lunes, de repente, con la canción y el suceso, me cayó encima la soledad de Holden. Pensé en su miedo a crecer, en su carácter difícil, en su conflictiva relación con el mundo. Me acordé de su interés obsesivo por los patos de Central Park, y en mi ensoñación literaria lo vi agarrando con fuerza a un pequeño que corría en un campo de centeno, salvándolo del abismo.

El Guardián entre el Centeno nos recuerda el dolor de crecer, el paso inevitable de una infancia idealizada, en la que todo es pureza y autenticidad, a una adultez contemplada como hueca e hipócrita. Me conmueven profundamente los desesperados intentos de Holden por entender el mundo de los adultos, tan "phony" (su palabra favorita), repleto de “fantasmas”, al que se precipita sin remedio. Pienso también en todos los adolescentes que alguna vez se han sentido igual que Holden, en todas las épocas y en multitud de lugares, y me entran ganas de ser yo, no Guardiana sino Sherpa, dando la mano a los chicos en la difícil transición a la edad de los mayores.

Imagen: holden in the park (CC BY-NC-ND 2.0)
Fuente: Flickr – Galería de Carmela Alvarado
El gorro de caza rojo es uno más de los muchos símbolos presentes en la novela. Representa la soledad de Holden y su afán por aferrarse a una infancia que se escapa. Con este ridículo gorro Holden se siente único, protegido y seguro. Al mismo tiempo, un accesorio tan estrambótico y fuera de lugar lo señala como bicho raro, un friki en palabras actuales, etiqueta que refuerza aún más su muro de soledad.


Los clásicos lo son por algo, sin duda. Porque no pasan de moda, porque no son flor de un día. Permanecen siempre en el recuerdo, como dijo William Wordsworth de la belleza en su Oda a la inmortalidad. La angustia juvenil que siente Holden, su estresante confusión, la visión pesimista y cínica del mundo adulto, fueron sentimientos compartidos por toda una generación, la de los chicos crecidos durante la guerra fría que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Los mismos miedos y contradicciones que también atenazan a los Holden actuales, a quienes, sospecho, no les gustan los lunes.

Rocio Martinez Bocero. Biblioteca de la Universidad de Málaga.

jueves, 23 de abril de 2015

La extremada delicadeza de la novela breve. Tres imprescindibles en el Día Internacional del Libro

Tengo un estante de mi biblioteca (la verdad, que no demasiado extenso) dedicado a aquellos libros que, según mi parecer, merecen una segunda (o tercera) lectura. Por el momento en que los leí, por las emociones que me despertaron, por su incuestionable maestría… Allí duerme el fascinante Bella del Señor, de Albert Cohen; la documentada historia de El nombre de la rosa, de Umberto Eco (luego popularizada por el cine); o el imprescindible Don Quijote.

Pero hay otro estante mucho más exclusivo (y por ello más reducido): el destinado a esas pequeñas obras maestras (llamadas novelas breves) que a mí me hubiera gustado escribir. Entre todas, el mejor lugar la tienen tres títulos/joyas que siempre me acompañan: Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa; Seda, de Alejandro Baricco; y Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, de Constance de Salm.

La lectura de Elogio de la madrastra, esa novelita (por lo breve) de Vargas Llosa casi nunca citada por la crítica, no solo proporciona un soplo de aire fresco y limpio (tan viciado ahora por el buenismo de lo políticamente correcto) sino que también constituye un auténtico ejercicio de inteligencia. Su protagonista, un niño de lo más demoníaco (como siempre son los niños) forma ya parte de esa galería de personajes que nos resultan tan atrayentes como repulsivos.

Alejandro Baricco, maestro de lo breve, escribió con Seda su mejor novela. La historia que la sostiene es tan sutil y hermosa como su propio título. Y el final, de manera paradójica, tan inesperado como lógico. Y además, es tan breve, ceñida y esencial que puede leerse cien veces sin que se agote.
Pero mi preferida, por ahora, son esas Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible, una deliciosa novela escrita por Constance de Salm a principios del siglo XIX y que narra de forma epistolar la historia/histeria de una mujer comida por la desconfianza y los celos. Un análisis tan finísimo de la inseguridad humana que no puede sino estremecer. Gracias a dios, el final feliz suaviza la enorme desazón creada por sus breves páginas. 

Tres novelas, tres joyas, que merecen todas las lecturas posibles. Pero que son también tan sutiles que para acercarse a ellas hay que hacer primero propósito de  extrema delicadeza.

Antonio Aguilar. Catedrático de Lengua Castellana y Literatura, Doctor en Filología Hispánica y Profesor Colaborador Honorario de la Universidad de Málaga. Dramaturgo y poeta, puedes leer además, las otras reseñas que ha tenido a bien cedernos. Puedes encontrar el Elogio de la Madrastra, Seda y Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible en nuestra Biblioteca, porque las recomendaciones de Antonio Aguilar merecen la pena..